Eran las dos de la tarde... y entre el ruido, el calor, el gentío inquieto, y el vaivén del tren surcando los rieles de la Francia, un joven se percató de un "pasajero especial": Allí, sin compañero de asiento, miró a un anciano que sostenía en su mano izquierda un librito de devociones y "desgranaba" un rosario en la derecha...
El joven, un tanto molesto, se sentó al lado del anciano, y le increpó:
- Señor, ¿Usted cree en eso?
